
Version 0.2.5
>>1277865
ok zambo
>>1277803 (OP)
Lo más cercano vendrían siendo los popis, o gente de clase media alta o alta. El estereotipo es que tienen una forma de hablar molesta, no comen comida local, siempre tienen los últimos teléfonos, se meten a lugares caros y que en general son muy engreidos. Yo crecí junto a muchos "popis" y puedo decir que muchas cosas son exageradas especialmente lo de la comida.
>ayuso reina de /es/
Nada que objetar buena decisión
>>80976
>>80978
Soy el mismo negro. Dejo la historia en “texto plano”, por si a algún exquisito no le gusta el GT. (La historia tiene algunos detalles más que el GT)
Cuando era niño, me encantaba leer. No eran novelas muy complejas. La mayoría cuentos o historias al estilo Dan Brown, pero me encantaba Julio Verne y las novelas policiales/negras.
Decido que cuando crezca, seré escritor, y comentarle estas ganas a mi familia. Ellos me dan su apoyo/visto bueno, ya que me ven como alguien inteligente.
Escribir una novela a los 14. Siendo sincero, era un intento barato de replicar el estilo de Dan Brown (era una mierda tan grande que ni siquiera merecía ser llamada “sucedáneo”). Sin embargo, al escribir un libro siendo tan joven, me sentí muy orgulloso.
Ir a la editorial, e introducirme por primera vez (siendo un virgen betoso) al “mundo adulto”. El hombre a cargo me dice que debe cambiarle varias cosas, por mención de marcas comerciales, lugares, personas, etc.
Me deprimo un poco, porque estaba criticando mi “novela perfecta”, pero accedo. Pero cuando tuve que firmar el contrato para confirmar el tiraje de 100 copias (ya pagadas por mi padre), doy marcha atrás. Ya había elegido la imagen para la tapa y un amigo de mi madre (que fue quien me inspiró para escribir, ya que él había publicado un libro antes que yo) había escrito el resumen de la contratapa. Es más, él la había leído y me dijo que le había gustado.
Antes de dejar el proyecto definitivamente, mi madre le pide al hombre de la editorial que le haga aunque sea una copia, así ella puede tenerlo de recuerdo.
Pasan los años, vuelvo a releer pasajes de ese libro, dándome cuenta de que es una reverenda mierda, tanto la historia como la maquetación y el centrado del texto. En fin, una porquería por donde se la mire.
Mi madre (nulo conocimiento literario) me dice que es buena y que le gustó mucho. Sé que lo hace para subirme la moral y porque es mi madre, así que le agradezco, pero en el fondo, es como cuando una abuela te da cumplidos por tu apariencia. No tiene mucha validez.
Pasan los años, hasta cumplir 16. Intento escribir una novela distópica (como se estilaba por ese tiempo) acerca de un mundo donde el agua se había evaporado y la capa de ozono había desaparecido, obligando a la humanidad a vivir en cuevas subterráneas y a cazar en la noche. El “MacGuffin” de esta novela era la máquina de Juan Pedro Baigorri Velar, el supuesto inventor de “la máquina de hacer llover”.
Como le metí más ganas a esta novela, me pasé algunos conceptos científicos por donde no da el sol (aunque siempre tratando de mantener “coherencia”), y escribí una novela un poco más larga, de unas 400 páginas.
Volver a la editorial por mí mismo, sin decirle nada a nadie. Tenía dinero ahorrado, por lo que eso no era problema.
Hablé con el hombre de la editorial, pero no recuerdo cómo, todo quedó en la nada (sin gastar dinero esta vez).
Mi confianza para escribir queda en el suelo, por lo que dejo de escribir por meses largos. Cuando las ganas regresan, simplemente me descargo escribiendo algún cuento.
Apenas me sentí seguro nuevamente, decidí escribir otra novela, pero una corta esta vez. Simplemente se trata de un hombre, abogado, que un día se despierta y descubre que está encerrado en su propia casa, y totalmente incomunicado. Con una interesante vuelta de tuerca al final (resulta que nunca estuvo encerrado).
La novela me gusta bastante, a decir verdad, aunque reconozco que tiene algunas cosas que están agarradas de los pelos de los huevos, pero nada demasiado serio.
Mientras la escribía, mi hermana se hizo de una amiga que trabajaba corrigiendo textos en el diario local, así que le doy mi novela para que la corrija, diciéndole que no tengo prisa, pero que necesitaba tenerla lista en dos meses.
Pasa el tiempo, pero ella se olvida y la corrige a las apuradas. No me quejo, ya que lo hizo sin cobrar. Ella me dice que la novela le gustó. Me comentó las cosas que tenía agarradas de los pelos (cosas que yo ya sabía) y que la sorpresa del final le encantó.
Fui a la editorial. Allí me dijeron que, aunque yo la había hecho corregir, sería idóneo pagarles a ellos para que un corrector “de la casa” lo hiciera. (Algo que no comenté en el verdoso es que, esta vez, la persona que me atendió estuvo a punto de reconocerme, pero yo me hice el desentendido).
El comentario del corrector hace que me moleste y me vaya. Como en la reunión le había dado mi número a esta persona, me llamó tres o cuatro veces por lo que quedaba del día (seguro que no quería que se le fuera el dinero que podía llegar a conseguir).
Al releer la novela en mi casa, encontré un par de errores no corregidos, lo cual me deprime.
Dejo de escribir una vez más, aunque no dejo los cuentos.
Cuando me doy cuenta, tengo una cantidad notable de los mismos. Entonces, me comunico con la amiga de mi hermana, y le comento la posibilidad de escribir una antología juntos, ya que yo sabía que ella tenía un par de cuentos escritos.
Ella acepta, pero al mes se le olvida, así que no le insisto.
Dejar de escribir definitivamente, aunque las ganas aparecen de vez en cuando.
Encuentro el hilo de /hu/ sobre escribir un cuento por mes durante todo el año. Aunque lo encontré tarde, cuando enero ya terminaba, decido ingresar a partir de febrero, por los viejos tiempos.
>>138978 (OP)
Ese canal sólo lo miran los viejos rosquetes y los libertards.
>>437603
¿Que serie era esa?
>>1277865
Vuelve a tu congal zambo de mierda
>>140647
>Luz robandole a Steven
KEK
Fujimaru del viento es el VERDADERO PADRE DEL SHONEN y el que diga lo contrario es un futalover sodomita
>>1794864
Recuerda que la llegada de la tecnologia como la electricidad, mató a muchos mitos que hasta el Siglo XIX eran comunes hasta en las ciudades memezolanas. Por decir que la leyenda del Carretón del Diablo de Caracas, que decia que en las noches los veías y los escuchabas. Pero desapareció justo cuando la electricidad y los primeros vehículos llegaron al país.